Mariana Yampolsky
Por Elena Poniatowska
El amor es el detonante. Como la mujer descubre al amado, Mariana Yampolsky extiende su mirada sobre
el país. Le abre los brazos. Desde muy joven, comienza su tejido: una amorosa red de ideas y
convicciones.
Prefiere el anonimato, trabajar para una causa, desaparecer tras la obra.
En los cuarentas, en el Taller de Gráfica Popular, los ideales dejan su huella sobre las grandes hojas de
papel. La tinta los imprime en la plancha, al igual que la fotografía aparece milagrosamente dentro de la
charola del revelador. José Sánchez, con un solo brazo, hace funcionar la prensa.
Mariana abre surcos en la tierra. Hace pensar en esos campesinos del Ángelus de Millet enconados
bajo el último sol de la tarde, que dan gracias por los bienes recibidos. Ese sentido del agradecimiento
aparece a lo largo de su obra iniciada hace cincuenta años.
El asombro que causó en Mariana la vegetación, la gente, el arte popular de México nunca ha amainado.
Cae como una lluvia bienhechora y se le mete a los ojos.
Hija única, mimada, solitaria. Mariana vivió en el campo a la sombra de árboles frutales. Una tupida barda
de lilas cercaba la finca. Mariana se metía entre sus ramazones y nadie podía encontrarla. Era su jungla
personal, su mundo propio. Su delicia más grande era ver un árbol inmenso desde su escondite y allí
adentro leer durante horas sin que nadie la molestara. También sola, salía en bicicleta a los alrededores
del pueblo; descubría caminos desconocidos, veredas abandonadas y ese gusto por adentrarse en
veredas insospechadas sigue vigente, y la anima en sus recorridos. La he seguido, a veces, a campo
traviesa entre altos maizales, bajo vientos encontrados y quemantes, su sombrero de paja en la cabeza,
sus cámaras apoyadas sobre la cadera, su pujanza de tractorcito, la tenacidad de sus fuertes piernas
de caminante.
Su padre Oscar Yampolsky era escultor, pintor y ebanista. Tenía un taller de dos pisos tras la casa y allí
hacía sus propios muebles y marcos para sus pinturas. La niña Mariana durmió en una cuna y más tarde
en una cama talladas por su padre. Una Navidad, cuando Mariana tenía siete años, la llevaron al segundo
piso y vio con asombro una casa de muñecas mas alta que ella, colocada sobre una base. Abierta de los
dos lados, tenía techo y tejabán. Todos los mueblecitos de las distintas habitaciones habían sido
confeccionados por su padre. La casa tenía luz eléctrica, se prendían los candiles y en los excusados,
lavabos y tinas, todos antiguos, corría el agua caliente para deleite de la niña. Lo mismo la cocina, con
su estufa verdadera y su hornito. Las habitantes de la casa eran muñecas de porcelana que había
enviado su abuelita alemana.
Todas tenían varios cambios de ropa que la Grossmutter había cosido y tejido.
A Mariana nunca le atrajo tanto jugar con las muñecas como construir muebles con hojas y palitos y
sentarlas. Recuerda haber tejido una hamaca que colgó en la casa de muñecas. El encanto de acostar a
la más bonita bella durmiente duró unos días, pero pronto se desentendió del círculo cerrado de la casa de
muñecas para volver a sus lecturas en la frondosidad de las lilas.
Alguna tarde, Hedwig Yampolsky me enseñó una foto de Mariana niña, su cabecita cubierta de bucles,
su sonrisa igualita a la que nos brinda hoy, confiada, deslumbrada, preludiando el sortilegio que le
causaría más tarde estar viva en México, en un país en continua metamorfosis.
- ¡Pero si se parece a Shirley Temple!
Hedwig sonrió. Su mayor orgullo, su mayor tormento era su hija Mariana. La familia Yampolsky no tenía
vecinos. Como muchos, vivían en despoblado y los abuelos paternos compartían su aislamiento. La única
posibilidad de salir para Mariana era subirse a la carreta y acompañar a su abuelo a sus quehaceres: tirar
la basura, traer abono; en esos viajes contaba de su niñez y juventud v eso le fascinó: cómo había
escapado a caballo de unos lobos que lo perseguían en medio de la nieve. Años más tarde, Mariana
revivió el episodio al leer a Gorki y le entró la duda. Ahora Mariana sospecha que a lo mejor su, abuelo
había leído las aventuras que la emocionaban. Ir con el abuelo, en las tardes, era una fiesta. Le servía té
en vaso y pan con mermelada de cerezas o cerezas enteras marinadas año tras año por la abuela
Deborah.
La persona más importante era su madre. Hedwig, más estricta que su padre; Mariana tenía que ganar su
aprobación, lo cual no era fácil. Obviamente, Hedwig quería paliar el consentimiento paterno. En la época
de la depresión en los años treinta, la familia pasó penurias y el dinero faltó en casa. Mariana recuerda
haberse sentado a la mesa, levantar la vista y ver que ni Hedwig ni Osear tenían nada en su plato. Esto la
marcó para siempre, todavía hoy la angustia el pensamiento de que la comida no va a alcanzar para todos.
En 1957 conocí a Mariana y su madre Hedwig me invitó a comer a su casa en la calle de Dinamarca y más
tarde a la de Tíber. Servía platos llenos a reventar en previsión de un futuro, quizá la guerra de las
galaxias. Nos brindaba platillos deliciosos que salían de sus manos imaginativas y generosas. Por ella
descubrí el Strudel de manzana (no he vuelto a probar otro igual) y un pastel en forma de puerco
espín con puntas paradas de chocolate negro. En Navidad, llegaba siempre a mi casa la canastita de
galletas de jengibre, chocolate, nuez, almendra y pasitas de Hedwig Yampolsky y, desde entonces,
asocie el olor del pan con el de la niña Mariana. Después de seis añoos de soledad (la infancia sin
hermanos suele serlo), entrar a la escuela fue una experiencia alentadora. A Mariana le encantó tratar a
niños con vidas tan distintas a la suya. A lo largo de seis años que siguieron. Mariana fue la primera de
su clase, la mejor alumna. Serlo le dio mucha seguridad. Al salir de primaria, la abrumó la presión social:
tener éxito con los muchachos, vestirse bien, asistir a fiestas era mejor que ser buena estudiante. El
contraste fue un choque. Su padre le propuso entrar a un programa para jóvenes destacados que aún no
tenían la edad suficiente para ingresar a la universidad. Para Mariana resultó un gran alivio que la
aceptaran y estudiar cor adultos que tenían una meta que iba más allá de ser porristas del equipo
ganador.
Al terminar sus estudios en la Universidad de Chicago, su padre murió, entonces Hedwig decidió mudarse
a Nueva York. Mariana se vino a México porque en la Universidad escuchó una platica de una pareja de
grabadores sobre el trabajo social con el que se habían comprometido los miembros del Taller de Gráfica
Popular y en ese instante decidió que eso era lo que ella quería.
Vino a México.
En plena guerra, en l944, en su primer viaje en avión, a Mariana la bajaron en Texas para darle el espacio
a los soldados. El viaje le tomó dos días. En México, vivió en casa de un periodista suizo, Heidegger, y
su mujer, en la calle de Londres, en lo que hoy es la Zona Rosa. Justino Fernández le dio la dirección
del taller en la calle de Regina y al día siguiente Mariana —que no hablaba una palabra de español—
se detuvo frente a un edificio venido a menos, en un portón. El impresor José Sánchez abrió y lo primero
que vio Mariana fue la enorme prensa francesa, con la fecha de 1871, por lo cual pensaba uno que había
sido utilizada durante la Comuna de París. José le contó que los miembros del Taller se presentaban en
la tarde, que regresara a las seis. A Mariana se le grabó el rostro de Leopoldo Méndez —"tan bello"— y
el de su hermano Pablo O'Higgins. Muy cordialmente la invitaron a grabar las piedras, a hacer litografías
y a pertenecer al Taller. Otro joven de su edad, Alberto Beltrán. muy guapo, la recibió con los brazos
abiertos y le brindó su apoyo. Después de unos meses supo que México iba a ser su país y los
compañeros del Taller, su familia.
El arquitecto Hannes Meyer le pidió a Mariana retratar a los miembros del Taller para su libro TGP
México. El Taller de Gráfica Popular, doce años de obra artística colectiva). Los tomó uno a uno con
una Rolleycord, reveló sus negativos y al ver publicadas sus fotografías le entró el deseo de saber más
de la fotografía, controlarla: hacer la imagen. Los compañeros del Taller le sugirieron que tomara clases
en San Carlos con la maestra Lola Álvarez Bravo. Viendo hacia atrás, fue un cambio en su quehacer.
Poco a poco fue dejando el dibujo y el grabado por la fotografía. Lola era una maestra sui generis,
bastante autodidacta y le enseñó a darle mayor importancia al objeto o a la persona fotografiada que a la
técnica. Esto tiene su lado negativo porque hasta hoy en día Mariana guarda poco interés en el aspecto
mecánico de la fotografía. Muy contenta, deja que Alicia Ahumada, revele sus negativos. Alicia hace
maravillas; es la mejor impresora del país.
Lola Álvarez Bravo era incansable y tenía una seguridad, admirable. Nunca se negaba a cumplir una tarea
por mas insignificante que fuera. "Puedo decir que su legado fue su dedicación al trabajo", decía Mariana.
Para Mariana llego a ser una obsesión viajar por muchos rincones del país para tomar fotografías de gente,
paisajes, casas, fiestas y todo lo que toca las manos del hombre.
Para ella, fotografiar no es realmente un trabajo, sino un gozo. Se pregunta, sin embargo, para qué sirve
tanta fotografía y a ratos cree que es una enfermedad. Sus tomas de las pintas en las paredes son
notables. Mariana se renueva; moderna, se mantiene al día. Hay en ella un afán de vida.
Otros denuncian, evidencian: Mariana asume la soledad, el paso del tiempo, la fuerza y la constancia de
los hombres y las mujeres más humildes de México, la desnudez total de las chozas a las que penetra,
su desamparo.
Las mazahuas la reciben bajo el sol de las diez de la mañana.
—¿Quiere un café? ¿Una tortilla con sal aunque sea? ¿Un jarrito de agua serenada?
Los niños la rodean no sólo por la cámara (que los intriga sino porque la reconocen. Mariana los trata con
respeto, con cariño. Ellos le devuelven la confianza.
Toda su obra se basa en una sola idea unitaria y original.
Si uno revisa sus casi cincuenta mil negativos, resultado de un trabajo de muchos años, no hay nada fuera
de contexto, nada se dispara. Más que ningún otro fotógrafo es Mariana quien se ha acercado al impulso
vital que singulariza a nuestro país, su poderoso afán de sobrevivencia, la colosal hazaña de llegar hasta la
noche. "Y sin embargo estoy aquí" parecen decir sus fotografías de hombres, mujeres y niños plantados
frente a un escenario de pobreza. Y de belleza.
La belleza es el canon de su obra entera.
Al ver sus fotografías. uno se pregunta que es México, por qué unos sí y otros no, por que el hambre, por
que el desasimiento, Mariana da una única respuesta: la de la dignidad. Su rigor es absoluto. No hace
concesiones. Ningún sentimentalismo. Porque fue maestra, sabe enseñar y si antes enseñó con palabras
ahora enseña visualmente. Lo hace a partir de su cultura personal que es considerable. Si alguien ha visto
pintura a lo largo de su vida es precisamente Mariana. Si alguien sabe captar la belleza de un objeto y
hacerle justicia, si alguien sabe reconocer una obra de arte, esa es precisamente Mariana Yampolsky.
¿Que pasa con las mujeres que se dedican a reflejar la vida? Mariana sólo considera vivido lo que ha
fotografiado. ¿Cuántos negativos hay todavía dentro de Mariana? Sus imágenes jamás son arbitrarias.
Jamás fotografía por fotografiar. Nunca toma a un ser humano en su peor momento. Ni a un perro siquiera.
El guajolote que se mira en el espejo es un narciso, el dueño de la hacienda. Mariana nunca hiere. En
ella no hay urgencia, ni prisa. (Me desespero en su bochito porque avanza a dos por hora). Jamás busca
el instante decisivo. Para ella tomar una fotografía es un viaje al interior. Sale de la ciudad los fines de
semana o a veces semanas enteras en un peregrinaje que podría considerarse el del fervor. Los pueblos
mas alejados, los de mas difícil acceso se le entregan. Vigorizada por lo que ve y vive, rollo tras rollo va
a dar a su mochila de fotógrafa. No permite que nadie cargue su pesado equipo y allá va, niña solitaria y
obsesiva, surcando su camino blanco y negro, dejando la huella de sus pies en nuestros códices futuros.
Poseída como Rulfo, Mariana Yampolsky intuye los sujetos de sus fotografías incluso antes de verlos.
Su visión se vuelve su punto de vista, su ideario, la forma en que encara la vida. Severa consigo misma,
después de una trayectoria larga y laboriosa, tiene la satisfacción enorme de haber dedicado su vida a lo
que ella más ama: México y su gente. Mariana Yampolsky se ha exigido la verdad absoluta. Hoy nos la
brinda. Muestra al país y a la familia humana. Y para nuestra sorpresa, la historia es vertiginosa.
Ciudad de México, diciembre de 1998
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