
Fotografía: Alicia Ahumada
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Mariana mantuvo un ritmo febril como fotógrafa y promotora cultural; nada
parecía distraerla de su cometido, salvo en los últimos años, cuando
ciertos momentos de duda hacían tambalear su confianza en las estructuras
culturales del país, producto de la merma general de recursos institucionales
y desinterés de la iniciativa privada por corresponsabilizarse en la formación
de colecciones nacionales. Asimismo, le inquietaba la incuria a que eran
sometidas algunas manifestaciones significativas del patrimonio cultural,
como el llamado arte popular, o la venta al extranjero de bibliotecas y
colecciones fotográficas, y la insistencia foránea por adquirir sus archivos.
El destino de su propio trabajo acabó por obsesionarla y, de manera circular,
se preguntaba cómo traspasar su legado al pueblo que eligió como propio.
Si bien la artista carecía de los fondos necesarios para establecer un
fideicomiso privado, tampoco consideraba seguro este modelo, inscrito en la
inestabilidad globalizada. De la misma manera, recelaba de los patrones
establecidos por la tutela estatal, cada vez más erosionados. Sólo la
voluntad y el afecto de un puñado de familiares y amigos permitiría ensayar
una forma alterna de cesión patrimonial, la asociación civil, entre cuyo retos
mayúsculos se consideró asegurar la autonomía del proyecto y la
integración de los miembros a futuro.
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