Una mirada empática y lumínica
Este homenaje nacional a Mariana Yampolsky, tiene por cometido difundir la gran obra de la fotógrafa,
pero también mostrar al mundo la gran red de amigos y profesionistas que creó a partir de su cuidadosa
manera de trabajar, de respaldar a los principiantes, de fortalecer a los iniciados y de crear lazos
amistosos que nutrieron a un gran número de artistas e intelectuales. Desgraciadamente desde el 3 de
mayo del 2002 la cámara Hasselblad de Mariana Yampolsky Urbach está en un descanso obligado,
ya que se fue por un camino de luz y de sombras que llevan al tzompantli, ese lugar al que llegaban
nuestros antepasados y que nos recibe con la condición de ir solos y con el alma desnuda. Por ahí
está ahora Mariana Yampolsky, pues su amor y comprensión con el pueblo mexicano le otorgaron un
lugar privilegiado en la zona franca del más allá, dado que una vez que hubo de llegar a tierra mexicana
la hizo suya para siempre. Si su idea inicial al venir a nuestro país era sólo por un año el murmullo del
huitzil (o colibrí) la atrapó junto con la buganvillia que se asomaba por su ventana. La joven Mariana se
enamoró de este país con sus costumbres, leyendas, mitos, tradiciones y sencillas complejidades,
años después decidió adoptar la nacionalidad mexicana y nos abrazó como su país y su gente. Fue
aquí donde decidió permanecer, casarse, conocer a los artistas y diletantes de la imagen, ser una gran
promotora cultural, editora, curadora y apasionada de la imagen y gracias a ello nos legó un excelente
material gráfico creado bajo cielo mexicano.
Uno de mis primeros recuerdos de ella es imborrable: la veo con un apresurado paso contoneándose
con unos zapatos rojos, portando un vestido holgado rojo de cuadros que le daba hasta la rodilla, entró
alegre a la galería de la antigua Escuela de Diseño y Artesanías que aún en 1985 tenía su lugar en la
Ciudadela, ahí se exhibía mi segunda muestra individual a instancias de Rubén Cárdenas Pax.
Sonriente y atenta vio las imágenes de la fábrica textil que colgaban de los muros y acompañada por
Antonio Graham. Mariana Yampolsky fue así con todo el mundo, tendía la mano, extendía sus brazos,
aceptaba, cuestionaba, sometía a juicio crítico y continuaba su andar por la vida segura de sus
decisiones e intereses.
Me parece que con una gran claridad y definición profesional tomó la cámara, después de usar el buril
y la gurbia en el Taller de la Gráfica Popular, cambió el instrumento pero no la intención Es visible que
el Taller fue la base y fundamento en el desarrollo técnico formal, temático e ideológico del trabajo de
la artista. Así es como las imágenes que realizó Mariana Yampolsky van más allá de la simple mirada,
parten de una profunda observación, conocimiento de su entorno, aprendizaje de los otros, una espera
afortunada, una invitación al acto y al momento preciso para disparar la cámara con un profundo respeto
de los usos y costumbres del que se encuentra ante la lente. Vemos una actitud empática, cercana,
una antropóloga visual, una insider, pues ella misma prefería pasar horas platicando con los indígenas
en sus comunidades, para compenetrarse con sus ideales, labores, sueños o dolencias y poder
comunicarlo a través del ojo cíclope de su cámara. Sus imágenes son enigmáticas y con una gran
carga realista, en ocasión de una de sus más importantes exposiciones en 1998 Francisco Reyes
Palma escribió:
Si bien Mariana comparte temáticas con muchos otros fotógrafos mexicanos, difiere en intención y
métodos; sus estrategias ópticas y difusoras resultan distantes de muchas de las tendencias y modas
del momento...La de Mariana es, sin duda, fotografía directa de voluntad realista, tanto que no deja fuera
los procesos de síntesis y abstracción. Su verdad proviene de la emoción retenida al momento de
presionar el obturador y, por ende, de su capacidad para producir efectos de intensidad vivida. Sintaxis
afectiva que impresiona la mirada por encima de la visión.
Estos elementos marcan la diferencia de los demás fotógrafos con visión antropológica o humanística,
donde el vínculo iconográfico o temático podrían ser las comunidades y sus personajes, pero la
diferencia es la claridad de visión, percepción y entrega a sus iguales como lo hacia Mariana con soltura
y naturalidad. Además Mariana forjó un claro parteaguas de sus antecesores fotógrafos, itinerantes,
extranjeros y visitantes de los pueblos indígenas que mantuvieron un punto de vista ajeno y distante de
la comunidad. Bien es cierto que logró evitar la actitud paternalista, se mantuvo empática pero no fue
sobreprotectora; de esta manera aparece en sus imágenes una actitud más bien orgullosa de las
comunidades y y preocupada por sus escasas posibilidades de sobrevivencia. Sus ojos se esposaban
sobre ellos, se introducía, visitaba, comprendía y capturaba, a toda costa evitaba ser una intrusa, dejaba
que la vida se desarrollara en su desliz cotidiano y entonces disparaba su obturador con una fuerte carga
estética que mostraba la fuerza y hermosura de un pueblo.
Esto se observa claramente en esos 60 mil negativos que dejó en el país. Vemos al vendedor de pescado,
a las mujeres mazahuas cargando a sus hijos, al niño pulquero dirigiendo la mirada con gran ingenuidad y
desenfado a la cámara. Es inolvidable aquella imagen que tituló Caricia, donde la luz rasante marca el
cabello ondulado de la madre que extiende su brazo a su hija propiciándole la singular caricia. El instante
preciso de Cartier-Bresson se ve reflejado justo cuando los ojos de la mujer se cierran y se asume la
intensidad del gesto amoroso. No cabe duda, estas dos mujeres madre e hija fueron a un encuentro
afortunado en el negativo de Mariana, las ropas, los hilados, el bordado, aparecen por doquier dejando
huella profunda de la escena, es un documento visual y estético, un cuadro cargado de emoción y amor,
la sutileza y la subjetividad del acto fue capturada por la inteligencia y sensibilidad de la fotógrafa, es un
marco referencial con evidencias de la estructura interna y externa de un pueblo y sus moradores.
Encontramos en la obra de la fotoartista un gusto particular por los niños, ya sea solos o en estrecha
relación con sus madre, ellos son un tema recurrente en su obra. Por ejemplo, vemos el rostro suave de
una pequeña mazahua, de donde emergen un par de enorme ojos que nos ven de manera delicada y
penetrante, el bello rostro destila ternura y la firmeza de su mirada nos obliga a la admiración. La imagen
es contundente gracias al encuadre, pues Mariana bajó lo suficiente la cámara para enmarcarla de frente,
la presencia de la madre sólo se da a través de su Mandil (título de la obra), y su mano que asegura a la
niña y parece ser la puerta principal de la firmeza y decisión infantil. La chiquilla está en un lugar seguro y
acogedor, respaldada no teme posar ante la cámara yampolskiana que la invita a participar. Este es sólo
un claro ejemplo –de entre otros miles más- de las inigualables escenas que capturó la autora para
evidenciar la fuerza y delicadeza constitutiva de nuestro pueblo.
La sal se puso morena es otra imagen de un gran impacto discursivo, tomada en el interior de una
escuela en algún municipio poblano (1989), se observa en la escena a cinco niños en el aula, en el
pizarrón se logra leer: “El bidrio se calentó” y “La sal se puso morena”… Las prendas, las prendas, las
actitudes corporales y la síntesis gráfica evocadora de mariana refiere a las enseñanzas culturales de
las campañas de alfabetización; también señala esa capacidad de mimetismo del mundo de los adultos
con el de los niños. Es una imagen que resume sin lugar a dudas los cambios que sufren y han sufrido
nuestros pueblos, de la capacidad abrumadora de un modo de vida sincrético, aculturizador que se ha
perpetuado en nuestras comunidades, por esa autoencomienda de la unidad nacional que se propuso el
Estado desde la posrevolución, también habla dela intensidad y espontaneidad de los pequeños;
imágenes, suspicaces que la fotoartista supo percibir e improntar en el material fotosensible, y lo que
más llama la atención es la gran semejanza que tiene con un grabado que hiciera en sus épocas en
el TGP.
La mirada es otro tema que aparece con fuerza en las representaciones de Mariana Yampolsky,
queda patente en la manera de atrapar la mirada del otro, para evocar qué y cómo ven los demás. Un
tema que en su momento abrió brecha y forjó una escuela diferente, un sentido distinto de capturar la
realidad campesina y proletaria, pero también la urbana e intelectual. Una manera de ver y escuchar a
los demás, no desde un lugar paternalista sino del deseo profundo y sincero de querer aprender de los
demás, de reconocer la sabiduría y la capacidad creadora de un pueblo en toda su magnitud para
plasmarlos en las imágenes. Así retrató Mariana a los personajes de La bodega (La Noria Tlax.,
s.f.), quienes en esta suerte del tejido humano se conectan en una misma sensación con Pablo y María
O’Higgins, Luis y Lya Cardoza y Aragón y los dos ancianos en La Mecedora; todos ellos son
parejas que se conectan a través de la fotografía, que se emparentan en el papel para mostrar su formas
de relación, cercanas, meditabundas, pasivas, alertas, cariñosas, todos ellos forman un binomio en el
cual uno de ellos mira atento a la cámara y el otro establece su propio juego, uno permanece cercano
el otro no. Todas estas parejas ejercen diferentes actividades, en momentos y contextos socioculturales
muy distintos, sin embargo, tienen como común denominador la mirada aguda de la autora que los
reúne en una especie de contrato gráfico, para mostrarnos una parte de la vida íntima, cotidiana y
privada, de los diversos y muy parecidos modos de ser nuestro país. Es ese gran dominador común de
la mirada de Mariana, el que logra establecer el vínculo inexorable de las relaciones privadas para
hacerlas públicas y mostrarlas con una sutileza detonante.
En su iconografía aparecen también los objetos, esos que circundan a los lugareños de los pueblos del
mezquital: el maguey, el helecho, el agave, son esas pencas y hojas las que inspiraron a Mariana. Si
bien sabemos que este tipo de iconografía puede surgir del estilo Einseinstein en México, también
observamos que las fotos fijas de Mariana encontraron en las formas sugerentes de las plantas
mexicanas una notable estética de la espina, denotando formas, figuras, texturas en un lúdico juego
visual, imágenes que presentan connotaciones de un franco desafío a lo establecido, estableciendo un
discurso visual propio que bien puede apreciarse como continuidad vanguardista, en las acentuadas
sombras, en los múltiples tonos, con los encuadres innovadores, los intensos juegos luminosos, las
evocativas formas que además aprovechó la fotógrafa para mostrar el intrínseco erotismo que presentan
las pencas y magueyes.
Por otro lado, la imagen Pisada del Angel muestra los pies agrietados de un ángel de madera
que el tiempo deterioró y que recuerdan los pies ajados de andar la tierra de los campesinos. Todos
estos elementos y muchos más, son parte de lo que la fotógrafa rescató para ponerlos al alcance de la
mirada urbana, muchas veces ignorante de tales afanes religiosos, sincréticos para resguardar una
memoria, para sujetar las tradiciones y mostrarle al mundo que este país tiene una fuerte tradición
indomestiza . El sincretismo aparece constantemente en la obra de la fotógrafa, pues también se
presentan la catrina, las calacas, las tumbas, las ofrendas, esa forma tan mexicana de vivir la muerte, en
una especie de reflexión en sentido estricto y en sentido figurado, pues aparece como un espejo a la
distancia del deseo de comprender el mundo de los muertos. Hay un elemento detonador en muchas de
las imágenes de la fotógrafa: el sentido del humor a la mexicana y que era muy suyo, que marcó la
autora y que detalla lo agudo e incisivo de su percepción visual, lo cual aparece con un fuerte rasgo
crítico y forma parte de ese estilo yampolskiano de trabajar, por ende el tema de la muerte no podía
quedar fuera de su repertorio. Ultima mirada es muestra clara de ello, donde se asoman las
huesudas cuencas del cráneo que nos observan con una última y fría miradita desde el más allá.
Como discurso evocador, simbólico y emblemático realizó Llanto, donde el altorrelieve de los
corazones sangrantes; ahí sólo encuadró un pedazo del manto de Cristo, una mínima parte de la cruz y
dejó como formas principales a los corazones rotos en una clara composición áurea, con ello logró
resignificar las figuras simbolizando el llanto y el dolor a través de la fuerte carga emotiva y expresiva que
surge en su obra.
Así era Mariana, una forma distinta de ver la realidad, una mujer que tuvo siempre los pies en la tierra,
que decidió colocar la cámara al servicio de los demás, al discurso de los demás y ella manejó con gran
habilidad esa virtud visual que tenía para encontrar en la vida cotidiana o en los elementos más comunes
lo que otros no perciben de la realidad inmediata, esos elementos extraordinarios dotados con su gran
sensibilidad y empatía la llevó a encontrar elementos distintivos de una cultura nacional, desde una
mirada amorosa y preocupada. Además los recursos fotográficos que empleaba como el sentido del
humor, la denuncia social, el documentalismo, la nota gráfica, con ellos recreaba las imágenes
otándolas de marcas culturales, históricas y estéticas.
Existe en la obra de la fotoartista una fascinante modalidad que me sugiere un vínculo más bien hacia
las artes visuales, es el trabajo de las imágenes en color que realizó Mariana a lo largo de su carrera
profesional. Ellas son evocativas y con una carga estética muy detonante. Es evidente su gran manejo
del color, a diferencia de otros fotógrafos documentales del blanco y negro, ella sí logró resolver sus
intenciones colorísticas de otra manera no referida al documento sino a una manera plástica de
solucionar la imagen, lejos de los afanes comerciales o convencionales. Su acercamiento lo refirió al
altocontraste, al encuentro de tonalidades, de matices y de llamados de color, además de su evidente
la preferencia a la textura y a su importante manejo de los encuadres novedosos, sesgados, oblicuos,
en picadas o contrapicadas. Estos elementos suelen trabajarse en la pintura matérica y que en la
fotografía de color suele ser difícil de encontrar. Así podemos observar en La sombra del azul,
una imagen que realza las texturas y las armónicas gamas de azules que conformaron su paleta
fotográfica, impresionante por su habilidad recreativa. La taza, abre otra serie de trabajo que Mariana
desarrolló, ¿es acaso un homenaje a Weston o tal vez a Marcel Duchamp?, sea como fuere la imagen
yampolskiana relata la presencia de una WC pintado en la pared, lo descarapelado y la sombra del sol
de media tarde relata la presencia de este anuncio publicitario que se convirtió en un cuadro de notables
calidades plásticas. A esta serie pertenece por su origen temático la imagen de un efímero mural
realizado por un chico de la calle, es un decorador de exteriores con habilidades artísticas el que dibuja
con spray el gran ojo del bocetado rostro. El color de la foto proporciona datos mayores, ya que parece
llorar la suerte de esos miles de jóvenes, además el sugerente título narra las vicisitudes que tienen que
enfrentar estos jóvenes con la policía de lugar y su necesidad de salir corriendo antes de ser
aprehendidos. Imagen magistral por su composición impecable, un encuadre de contrapicada que
subraya la presencia y la importancia del acto, en el momento oportuno sonó la 6x6 de Mariana y atrajo
la mirada del chico banda con todo y sus tatuajes quien posó sin recato, enojo o vergüenza. Así es el
trabajo de Mariana Yampolsky completo, conciso, incisivo, contundente pues alzó la voz gráfica con
maestría en el arte fotográfico.
Estas imágenes relatan sólo una pizca de esa particularidad de la mirada incisiva, madura, aguda y
distintiva de Yampolsky en un país de suyo surrealista por contener, presenciar y fabricar un inesperado
y sorpendente cotidiano. Es un claro afán de la fotógrafa de presentar los objetos, los personajes o las
circunstancias que los rodean los documentó y dejó patente la existencia de los ritos, de los fetiches,
hizo un sello distintivo esa habilidad de hablar de los personajes en ausencia subrayando la vieja
propuesta de “ausencia es presencia”, pues los objetos hablan de sus dueños sin necesidad de
materializarlos en la imagen. También permeados por su sensibilidad donde aparecen los personajes,
poseedores y creadores de objetos, los productores de la rica cultura nacional en sus fiestas y
fandangos, así como los mismos objetos artísticos producto de la enseñanza milenaria de nuestros
pueblos. Esa fuerza expresiva y versatilidad de la obra de Mariana es lo que le confirió un lugar destacado
entre los artistas de nuestra época. Es esta manera de trabajar los temas de tomar la distancia necesaria
y permitir que el otro exprese su propia circunstancia, de ser una herramienta discursiva, de ser una
recreadora de realidades, una manera de formar su propia circunstancia visual es lo que hace del trabajo
de Mariana un material diferente como registro visual de las comunidades y también formó una importante
escuela en términos formales, temáticos e ideológicos para las nuevas generaciones de antropólogos
visuales y fotógrafos comprometidos en términos sociales y estéticos. Así, activa, sonriente, preocupada,
buscando el mejor ángulo, procurando hacer nítida su escena, encontrar el embrujo estético necesario y
disparar su gran cámara, así es la Mariana que recordaremos, pues desde su ventana al cielo acercó sus
ojos risueños de luz y nos miró atentos a los mexicanos en espera de darle continuidad a su labor y al
esfuerzo de tantos años de producción humanística y visual. Que este homenaje sirva para que en el
tzompantli suenen las campanas, surja un murmullo y Mariana se sepa querida, amada y
respetada desde este mundo de los vivos.
Rebeca Monroy Nasr
Miembro Fundador
Fundación Cultural Mariana Yampolsky, A.C.
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