Ponencia "Homenaje a Mariana Yampolsky"
Veinte años de una relación estrecha, me impiden hablar con distancia de Mariana Yampolsky. El trabajo
para ella fue un generador de vida y uno de los vínculos más fuertes entre nosotras.
En sus mesas de trabajo siempre había cartas, tarjetas, invitaciones, muchos eran para Francisco Reyes
Palma, quien también tiene obsesión por guardar papeles, había ahí encima también montoncitos de rollos
120 para revelar, TX, TM, HP5, FP4, no le preocupaba la marca o la sensibilidad ella sabía disparar y lo
hacía certeramente.
Su más grande deseo era hacer buenas fotografías, imágenes contundentes. Era perfectamente capaz de
juzgar la técnica fotográfica, pero no es esta parte de la fotografía una de sus preocupaciones. Prefirió
delegar esta tarea a alguien más, y durante lo últimos veinte años de vida de Mariana, esta tarea la asumí
yo gustosamente. Veinte años en contacto directo con las imágenes de Mariana. La mayoría, fotos de
México, del campo, de los indios. Fue a través de esas imágenes que descubrí al México amable, lleno
de vida, de energía, de buen gusto, de gente digna. También los ojos de Mariana ordenaron delicadamente
en cada negativo las formas sublimes de los magueyes y de muchas otras plantas con las que yo junte
en el cuarta oscuro dándoles volumen, textura, tono.
Grandeza y sencillez son las palabras que caracterizan las fotografías de Mariana. Ella logró lo que todo
fotógrafo documental desea: sintetizar en sus fotografías información precisa y belleza.
Muchas de nuestras sesiones de trabajo eran en su casa de Tlalpan, con Azul, su gato en el regazo,
Blanca Nieves y Chaca, sus perras echadas frente a ella en el sillón de su sala, revisábamos
cuidadosamente cada copia y veíamos muchos contactos, mientras tanto hablábamos de las fotos, de
los fotógrafos de nuestro país y entre contacto, foto y encuadre hablábamos de nuestras vidas, de
nosotras, mujeres, amigas y a veces la felicidad nos invadía y en otras escurrían lagrimas de nuestros
ojos, así, a través de sus fotos construimos un vínculo de imágenes, amor y solidaridad.
Hicimos algunos viajes juntas y fueron viajes no sólo geográficos, no sólo fotográficos, también viajes por
la existencia. A Mariana le gustaba cuestionarse ¿Qué es la fama? ¿a dónde te lleva? ¿es válido
perseguirla? ¿llega sola? ¿satisface tu ego?.
Las conversaciones acompañadas por el ruido del motor de su VW blanco, se prolongaban de pueblo en
pueblo, mientras su entusiasmo por tomar fotos crecía. Hacía paradas a cada momento subía y bajaba
de su vochito sin cansarse. Tenía un ojo certero. En momentos parecía como si la conversación la
absorbiera, pero no, el mundo pasaba por el rabillo de su ojo y veía imágenes toso el tiempo y las
atrapaba con su Hasselblad.
Después continuaba la conversación: “la fama no es mi objetivo, el trabajo constante y exigente es mi
motor, no tenemos que inventar nada, todo esta ahí sólo hay que descubrirlo, fotografiarlo y gozarlo”. Si
en alguien he visto lo que es gozar cuando tomaba fotos fue en ella, en Mariana. Encontraba en su
pueblo, en México la seriedad y el buen humor para crear sus fotografías, amorosas, divertidas y honestas.
Todos sabemos que se preocupó por el tremendo cambio cultural que México está sufriendo, esto le dolía,
no se acostumbro a ver los letrerotes de Coca Cola, ni los aparadores atiborrados de Mikey Mouse y de
Barbies y siempre se preguntaba cual sería la forma de contrarrestar esta avalancha y entonces tomaba
fotos muy mexicanas y seguía cuestionándose “ ¿Porqué siendo tan inmensamente vasta y hermosa la
arquitectura popular mexicana, crecía tan desmedidamente la arquitectura del horror?”. Y también la
fotografiaba. Y para contrarrestar la arquitectura del horror nos dejó un importante legado de fotografías
de arquitectura popular para que de ahí tomáramos ejemplos, de funcionalidad, sencillez y buen gusto.
Disciplinadísima guardo sus negativos y documentos en carpetas, creó un gran archivo de negativos y una
muy buena cantidad de cajas de memorabilia. Dedicaba diariamente muchas horas a ponerlo todo en su
lugar, abrumada guardo papeles y contestó llamadas, muchas llamadas, pues en los últimos tres años
evitó lo más posible las salidas de su casa y era el teléfono lo que la mantenía cerca de los demás.
Estaba olvidando las cosas, no se sentía cómoda, estaba angustiada. “No me gusta quedar mal, decía,
que pendientes tenemos, olvido las cosas”. Repetía insistentemente, y el teléfono sonaba varias veces
durante el día en Pachuca, ¿Qué pendientes tenemos?.
Alicia Ahumada Salaiz
Miembro fundador
Fundación Cultural Mariana Yampolsky, A.C.
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